Federació Balear de Tir de Fona y Tomeu Penya.
Distinciones del Consell de Mallorca que reconocen a 27 personas y entidades: Hipercentro, Antònia Matamalas, Cucorba, Federació Balear de Tir de Fona, Tomeu Penya, Michael Douglas, Etnogràfic de Campos, Bar Bosch
Rels B ha sido nombrado Hijo Predilecto de Mallorca y la cantante Concha Buika, Hija Predilecta de Mallorca, mientras que el actor Michael Douglas ha recibido la distinción de Hijo Adoptivo
Las máximas distinciones del Consell de Mallorca reconocen a 27 personas y entidades que han contribuido a engrandecer la isla. El presidente Galmés defiende «la necesidad de abordar los retos actuales con el objetivo de preservar la identidad y la forma de vida de los mallorquines en los Premios, Honores y Distinciones».
El Consell de Mallorca ha otorgado los Premios, Honores y Distinciones 2026 a veintisiete personas y entidades que han destacado por su trayectoria y por su contribución a la sociedad, la cultura, el deporte, la economía y la identidad de Mallorca. La gala, presentada por Bel Bestard, ha estado marcada este año por la conmemoración de los cien años del estreno de la versión musicada del poema «La Balanguera», símbolo de la identidad de Mallorca.
Tomàs Martínez —a título póstumo—, Antoni Vidal Ferrando, Toni Ballador, Hipercentro, , el Grup d’Empreses Roig, Pere Sampol —a título póstumo—, Antònia Matamalas —a título póstumo
El presidente del Consell de Mallorca, Llorenç Galmés, ha destacado que los galardonados son personas, entidades e instituciones que «con su talento, su esfuerzo, su compromiso y sus valores, engrandecen Mallorca y nos hacen sentir orgullosos de ser quienes somos».
La institución insular ha otorgado las Medallas de Honor y Gratitud de la isla de Mallorca a Antònia Rosselló, Can Company, la Fundació La Sapiència, Tomàs Martínez —a título póstumo—, Antoni Vidal Ferrando, Toni Ballador, Hipercentro, , el Grup d’Empreses Roig, Pere Sampol —a título póstumo—, Antònia Matamalas —a título póstumo—, Cucorba, Miguel José Deyà Bauzà, Montserrat Pons i Boscana, la Federació Balear de Tir de Fona y Tomeu Penya.
El cantante y compositor Rels B ha sido nombrado Hijo Predilecto de Mallorca y la cantante Concha Buika, Hija Predilecta de Mallorca, mientras que el actor Michael Douglas ha recibido la distinción de Hijo Adoptivo de Mallorca.
Los Premios Jaume II —que se entregan a personas físicas y jurídicas que han destacado durante el año natural anterior en la promoción de los símbolos, referentes históricos o el nombre de Mallorca— los han recibido Encesa pels Drets Humans, Isabel Calero, Bar Bosch, el Gremi de Margers de Mallorca, Etnogràfic de Campos, ASNIMO, el Colegio Madre Alberta, el Regimiento de Infantería Palma 47 y Joan Mas i Vives.
La ceremonia ha contado con las actuaciones de DONALLOP, que ha interpretado «Qui te plora», con letra y música de Joana Pol, y DaBraccio Quartet, con «Mallorca», de Isaac Albéniz. El Cor del Teatre Principal de Palma y el Joch de Ministrils del Consell de Mallorca han cerrado la gala con la interpretación de «La Balanguera»
La gala también ha dado protagonismo a la moda y la artesanía de la isla a través de la marca Moda Artesana de Mallorca. La presentadora, Bel Bestard, ha lucido tres vestidos: dos diseños de Maria Genovard, uno blanco y otro azul, y un vestido negro de Vius Esporles, combinados con joyería de Alicia Forteza.
Galmés reivindica la identidad de Mallorca y su protección. En su discurso, el presidente Galmés ha afirmado que «La Balanguera es el alma de Mallorca y la representación de lo que somos: un pueblo con raíces profundas que mira hacia el futuro con esperanza y orgullo».
Galmés ha destacado que Mallorca cuenta con «un paisaje privilegiado, siglos de historia, una cultura y una lengua propias y una gastronomía única», pero ha remarcado que «Mallorca es lo que es gracias a su gente. A la gente de aquí, y también a aquella que ha amado esta tierra como suya y ha contribuido a hacerla mejor».
El presidente del Consell ha señalado que los galardonados comparten «el compromiso, el respeto y el amor hacia nuestra tierra» y ha defendido que «amar Mallorca significa cuidarla y protegerla para las generaciones futuras». En este sentido, ha incidido en la necesidad de abordar los retos actuales con el objetivo de preservar la identidad y la forma de vida de los mallorquines. Asimismo, Galmés ha asegurado que el Consell continúa trabajando para rebajar el techo de plazas turísticas durante esta legislatura.
Antònia Febrer Santandreu
La identidad no se preserva deteniendo el tiempo
El presidente del Consell de Mallorca, Llorenç Galmés, ha defendido la necesidad de preservar «la identidad y la forma de vida de los mallorquines» y ha afirmado que «amar Mallorca significa cuidarla y protegerla para las generaciones futuras».
Es difícil no compartir la intención. Pero precisamente porque hablamos de algo tan importante como nuestra identidad, quizá convendría detenernos primero en una pregunta: ¿qué entendemos hoy por identidad mallorquina?
Porque la identidad no es una fotografía fija.
La Mallorca que vivieron nuestros abuelos no es la misma que conocieron nuestros padres, ni tampoco la Mallorca en la que vivimos nosotros. Y seguramente será diferente de la que conocerán quienes vengan después.
La humanidad está en constante evolución. También lo están las sociedades, los territorios, la economía, la tecnología e incluso nuestra manera de entender qué significa vivir bien.
Nuestros abuelos vivieron, en muchos casos, en casas con pocas comodidades y con una vida profundamente condicionada por el trabajo y las necesidades del día a día. El verano no significaba necesariamente playa, vacaciones y descanso. Había que recoger almendras, algarrobas e higos, atender el campo, hacer conservas y preparar aquello que permitiría afrontar los meses siguientes.
Nuestros padres protagonizaron otra transformación. Trabajaron mucho, mejoraron sus viviendas, construyeron patrimonio e incorporaron comodidades que las generaciones anteriores no habían tenido. Para muchos existía además una percepción bastante clara: el esfuerzo permitía progresar.
Nuestra generación quiere algunas cosas distintas. Queremos trabajar, pero también disponer de tiempo. Queremos progresar, pero también disfrutar. Queremos conservar el territorio, pero no queremos renunciar a la tecnología, a viajar, al deporte, a la formación o a unas mejores condiciones de vida.
¿Significa eso que hemos perdido nuestra identidad?
No necesariamente.
Quizá significa simplemente que las raíces pueden permanecer mientras nuestra manera de vivir evoluciona.
Y probablemente ahí se encuentre una de las dificultades de hablar de identidad colectiva. Cada uno la percibe desde aquello que ha vivido. La lengua, el paisaje, la gastronomía, determinadas costumbres, nuestra relación con el territorio y algunas formas de convivencia forman parte de un patrimonio común. Pero nuestra identidad también es individual.
Antes de preguntarnos cómo debemos vivir como mallorquines quizá deberíamos hacernos una pregunta anterior: ¿sabemos realmente quiénes somos, qué necesitamos y cómo queremos vivir?
Porque una sociedad está formada, antes que nada, por personas.
Y posiblemente el cuidado de Mallorca empiece ahí.
No somos propietarios definitivos de esta tierra. Estamos aquí durante un periodo relativamente corto. La recibimos de quienes estuvieron antes y la entregaremos, inevitablemente, a quienes vengan después.
Cuidarla no debería significar inmovilizarla.
Debería significar evolucionar sin destruir aquello que después no podremos recuperar.
Disfrutar del territorio sin agotarlo. Transformarlo cuando sea necesario, pero preguntándonos antes qué consecuencias tendrá. Progresar sin consumir todas las posibilidades de quienes todavía no han llegado.
Quizá deberíamos recuperar aquí una idea que las grandes tradiciones filosóficas y religiosas de la humanidad llevan siglos planteando con lenguajes diferentes: moderación, responsabilidad, cuidado del otro y conciencia de que nuestra existencia es temporal.
Y, finalmente, amor.
Pero entendido no como una palabra bonita.
Amar también significa saber limitarse.
No querer ocuparlo todo, consumirlo todo, construirlo todo o apropiarnos de todo aquello que tenemos a nuestro alcance.
Amar Mallorca debería tener consecuencias concretas.
Cuidar aquello que hemos recibido. Pensar más allá de nuestro beneficio inmediato. Dejar espacio para quienes llegarán después.
Tal vez incluso aprender a parar.
No para regresar al pasado, sino precisamente para poder avanzar mejor.
Hemos aprendido a acelerar casi todo: producción, consumo, información, desplazamientos y expectativas. Quizá también deberíamos recuperar periódicamente la capacidad de preguntarnos qué necesitamos realmente para vivir bien.
Y aquí aparece otro elemento que pocas veces relacionamos con la identidad: la autonomía personal.
Si queremos personas responsables, capaces de decidir cómo quieren vivir y de cuidar el territorio que las rodea, debemos procurar también que conserven suficiente capacidad para dirigir sus propias vidas.
Una persona que trabaja, produce y contribuye debería poder percibir una parte razonable de ese esfuerzo en su vivienda, su ahorro, su formación, su tiempo, sus proyectos y su futuro.
Por eso también deberíamos atrevernos a hablar del tamaño y del funcionamiento del Estado.
No se trata de enfrentar Estado y mercado ni de sostener que todo lo público sobra.
Necesitamos instituciones sólidas capaces de garantizar seguridad, justicia, infraestructuras, educación, sanidad, servicios esenciales y protección para quienes realmente la necesitan.
Pero precisamente porque esas funciones son fundamentales, también deberíamos poder exigir un Estado necesario y eficiente.
Cada estructura administrativa, organismo, procedimiento o gasto debería ser capaz de responder periódicamente a preguntas elementales: ¿para qué sirve?, ¿qué problema resuelve?, ¿cuánto cuesta?, ¿podría hacerse mejor?, ¿qué recibe el ciudadano a cambio?
El Estado no debería ser un fin en sí mismo.
Es una herramienta al servicio de la sociedad.
Y una herramienta debería tener el tamaño necesario para cumplir bien su función: ni menor, porque dejaría desprotegidas funciones esenciales, ni mayor simplemente porque las estructuras tienden a perpetuarse una vez creadas.
Menos duplicidades y más eficacia. Menos burocracia innecesaria y más evaluación. Menos estructuras que se justifican por su propia existencia y más servicios que demuestren el valor que aportan.
Porque cada euro que administra una institución procede previamente del esfuerzo de alguien.
Los impuestos permiten financiar servicios y bienes colectivos imprescindibles. Pero esa legitimidad lleva asociada una responsabilidad: administrar esos recursos con la misma atención con la que los administra quien tuvo que trabajar para generarlos.
La eficiencia también es una forma de respeto.
Y reducir un exceso de intervención pública tampoco puede significar sustituirlo por monopolios privados capaces de acumular un poder similar.
No deberíamos cambiar una dependencia por otra.
Una sociedad equilibrada necesita instituciones fuertes allí donde son necesarias, competencia real allí donde puede existir y ciudadanos con suficiente autonomía económica y personal para decidir.
Quizá también deberíamos revisar qué entendemos por progreso.
No puede consistir únicamente en tener más tecnología, más servicios o mayores posibilidades de consumo.
El progreso debería medirse también por la capacidad que conserva una persona para dirigir su propia vida y por el estado del territorio y de la sociedad que deja a las generaciones futuras.
Por eso, cuando hablamos de preservar la identidad mallorquina, quizá la pregunta debería ser más amplia.
¿Qué queremos preservar realmente?
¿Una determinada fotografía de Mallorca?
¿Una manera de vivir que perteneció a otra época?
¿O aquellos principios que pueden seguir siendo útiles mientras nuestra sociedad continúa evolucionando?
Mallorca cambiará.
La humanidad cambiará.
Nosotros también cambiaremos.
La cuestión no es detener ese movimiento, sino decidir cómo queremos conducirlo.
Quizá amar Mallorca no consista tanto en definir quién es suficientemente mallorquín como en algo mucho más difícil: saber quiénes somos, responsabilizarnos de nuestras decisiones, respetar el esfuerzo de quienes contribuyen, exigir instituciones que estén al servicio de las personas y cuidar aquello que no podremos recuperar una vez perdido.
Porque preservar una identidad no debería significar detener el tiempo.
Debería significar saber qué merece acompañarnos mientras seguimos avanzando.
